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Salir con otra mujer ha ayudado a mi matrimonio

La otra mujer

 

Después de veintiún años de matrimonio, descubrí una nueva manera de mantener viva la chispa del amor y de la intimidad en mi relación con mi esposa.

Desde hace poco, había comenzado a salir con otra mujer. En realidad, había sido idea de mi esposa.

—Tú sabes que la amas —me dijo un día, tomándome por sorpresa—. La vida es demasiado corta. Debes dedicar tiempo a la gente que amas.

—Pero yo te amo a ti —protesté.

—Lo sé. Pero también la amas a ella. Es probable que no me creas, pero pienso que si ustedes dos pasan más tiempo juntos, esto nos unirá más a nosotros.

Como de costumbre, Peggy estaba en lo cierto.

La otra mujer, a quien mi esposa quería que yo visitara, era mi madre.

Mi madre es una viuda de 71 años, que ha vivido sola desde que mi padre murió hace diecinueve años. Poco después de su muerte, me mudé a California, a 3.700 kilómetros de distancia, donde comencé mi propia familia y mi carrera. Cuando de nuevo me mudé cerca del pueblo donde nací, hace cinco años, me prometí que pasaría más tiempo con ella. Pero las exigencias de mi trabajo y mis tres hijos hacían que sólo la viera en las reuniones familiares y durante las fiestas.

Se mostró sorprendida y suspicaz cuando la llamé para sugerirle que saliéramos a cenar y al cine.

— ¿Qué te ocurre? ¿Vas a volver a mudarte con mis nietos? —me preguntó. Mi madre es el tipo de mujer que, cuando cualquier cosa se sale de lo común —una llamada tarde en la noche, o una invitación sorpresiva de su hijo mayor— piensa que es indicio de malas noticias.

—Creí que sería agradable pasar algún tiempo contigo —le respondí—. Los dos solos.

Reflexionó sobre ello un momento.

—Me agradaría —dijo—. Me agradaría muchísimo.

Mientras conducía hacia su casa el viernes después del trabajo, me encontraba algo nervioso. Era el nerviosismo que antecede a una cita… y ¡por Dios! lo único que estaba haciendo era salir con mi madre.

¿De qué hablaríamos? ¿Y si no le gustaba el restaurante que yo había elegido? ¿O la película? ¿Y si no le gustaba ninguno de los dos?

Cuando llegué a su casa, advertí que ella también estaba muy emocionada con nuestra cita. Me esperaba en la puerta, con su abrigo puesto. Se había rizado el cabello. Sonreía.

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